¿Hasta cuando se silencian éstas barbaridades? Las noticias de este tipo son las que deberían formar parte de todos los vendidos medios de comunicación. No las que se tratán de que vistió alguien, quien anda con quien, o peor, la destrucción y muerte de alguna víctima de eso que llaman fama...
Tenemos derecho a un planeta transparente, limpio, donde se respeten los derechos y la privacidad de todos, y más que eso, no permitir, nunca más, que un niño muera de hambre, o víctima de alguna enfermedad provocada por las empresas farmaceùticas, las mismas que venden los remedios y que muchos padres no pueden costear...
Tenemos derecho a un planeta transparente, limpio, donde se respeten los derechos y la privacidad de todos, y más que eso, no permitir, nunca más, que un niño muera de hambre, o víctima de alguna enfermedad provocada por las empresas farmaceùticas, las mismas que venden los remedios y que muchos padres no pueden costear...
Monsanto. Miles de campesinos se suicidan en la india por sus deudas con el gigante de los transgenicos
Fuente: El observatorio del tiempo
Andrew Malone
En un pueblecito que visité, 18 campesinos se habían suicidado después de que
se los tragaran las deudas de los GM (transgénicos). Lejos de ser unas “semillas
mágicas”, las variedades de plantas de algodón GM a prueba de pestes han sido
devastadas por unos gusanos que atacan los capullos y que son un parásito voraz.
Tampoco les dijeron a los campesinos que esas semillas requerirían el doble de
riego. Y esto ha acabado siendo una cuestión de vida o muerte.
Cuando el Príncipe Carlos afirmó que miles de campesinos de la India
estaban suicidándose tras utilizar cultivos GM [transgénicos], fue
tachado de alarmista. En realidad, como este escalofriante informe revela, es
aún peor de lo que él temía.
Los niños estaban inconsolables. Mudos de miedo y luchando por contener las
lágrimas, se acurrucaban junto a su madre mientras amigos y vecinos preparaban
el cuerpo de su padre para la cremación sobre una ardiente hoguera levantada
sobre los agrietados y estériles campos cercanos a su casa.
Mientras las llamas consumían el cadáver, Ganjanan, de doce años, y Kalpana,
de catorce, se enfrentaban a un futuro sombrío. Aunque Shankara Mandaukar había
confiado en que su hijo y su hija tendrían una vida mejor bajo el boom económico
de la India, se tienen que enfrentar ahora a un trabajo de esclavos por unos
cuantos peniques al día. Sin tierra y sin hogar, se hundirán en lo más
hondo.
Shankara, campesino respetado, marido y padre cariñoso, había puesto fin a su
propia vida. Menos de veinticuatro horas antes se había bebido una taza de
insecticida químico al tener que enfrentarse a la pérdida de sus tierras a causa
de las deudas. Se desesperó al no poder devolver una deuda equivalente a las
ganancias de dos años. No pudo encontrar solución.
Aún había huellas en la tierra por donde se había retorcido en su agonía.
Otros campesinos le miraron -sabían por experiencia que no tenía sentido
intervenir- cuando se dobló sobre la tierra, gritando de dolor y vomitando.
Gimiendo, se arrastró hasta un banco situado en el exterior de su sencillo
hogar, situado a unas 100 millas de Napgur en la India Central. Una hora
después, ya no se oía ruido alguno. Había dejado de respirar. A las cinco de la
tarde de un domingo, la vida de Shankara Mandaukar se apagó.
Cuando los vecinos se reunieron para rezar alrededor de la casa familiar,
Nirmala Mandaukar, de 50 años, les contó cómo volvió a todo correr de los campos
para encontrar muerto a su marido. “Era un hombre afable y cariñoso”, dijo
llorando suavemente. “Pero ya no podía más. La angustia mental era demasiado
grande. Lo hemos perdido todo”.
La cosecha de Shankara fracasó durante dos años seguidos. Desde luego, el
hambre y la pestilencia forman parte de la antigua historia de la India.
Pero la culpa de ha muerte de este respetado campesino la tiene algo más
moderno y siniestro: los cultivos genéticamente modificados (GM).
A Shankara, como a millones de campesinos indios, le habían prometido
anteriormente insólitas cosechas e ingresos si dejaba de cultivar con las
semillas tradicionales y en su lugar plantaba semillas GM. Pero las cosechas
fueron un fracaso, y no le quedaron más que fuertes deudas y ningún ingreso.
Por eso Shankara se convirtió en uno de los 125.000 campesinos que se
estima se han quitado la vida como consecuencia de la despiadada campaña que ha
convertido a la India en un campo de pruebas de los cultivos genéticamente
modificados.
La crisis, denominada por los activistas el “Genocidio del GM”, se puso
recientemente de relieve cuando el Príncipe Carlos afirmó que la cuestión del GM
se había convertido en una “cuestión moral global” y que ya era hora de poner
fin a su imparable marcha.
Hablando a través de vídeo-conferencia en la capital india, Delhi, enfureció
a los dirigentes de las compañías dedicadas a las biotecnologías y a algunos
políticos al condenar “la tasa verdaderamente atroz y trágica de suicidios de
pequeños campesinos en la India, producto… del fracaso de muchas de las
variedades de cultivos GM”.
Poderosos grupos de presión GM y prominentes políticos se han alineado contra
el Príncipe, afirmando que las cosechas genéticamente modificadas han
transformado la agricultura de la India, proporcionando mayores cosechas que
nunca.
El resto del mundo, insisten, abrazará ese “futuro” imitándoles.
Entonces, ¿quién dice la verdad? Para averiguarlo, viajé al “cinturón del
suicidio” en el estado de Maharashtra.
Lo que me encontré fue tremendamente inquietante, con graves implicaciones
para los países, incluido el Reino Unido, que hacen preciso debatir si al
permitirse la plantación de semillas manipuladas por los científicos no se están
violentando las leyes de la naturaleza.
Las cifras oficiales del Ministerio indio de Agricultura confirman
efectivamente que, conformando una crisis humanitaria inmensa, más de 1.000
campesinos se quitan aquí la vida cada mes.
Gente sencilla, rural, que se está quitando la vida agonizando lentamente. La
mayoría ingieren un insecticida, una cara sustancia que les prometieron no
necesitarían cuando les coaccionaron para plantar los caros cultivos GM. Al
parecer, muchos están masivamente endeudados con los prestamistas locales,
habiéndose endeudado hasta las cejas para poder comprar esas semillas GM.
Los expertos que están a favor de los GM afirman que es la pobreza rural, el
alcoholismo, las sequías y las “preocupaciones agrícolas” las razones de esa
horrorosa cantidad de víctimas.
Pero como descubrí durante un viaje de cuatro días a través del epicentro del
desastre, esa no es toda la historia.
En un pueblecito que visité, 18 campesinos se habían suicidado después de que
se los tragaran las deudas de los GM. En algunos casos, las mujeres se habían
hecho cargo de las granjas de sus maridos muertos, sólo para acabar matándose
ellas también.
Latta Armes, de 38 años, bebió insecticida cuando sus cosechas fracasaron,
dos años después de que su marido desapareciera cuando las deudas GM le
desbordaron.
Dejó a un hijo de diez años, Rashan, al cuidado de familiares. “Llora cuando
piensa en su madre”, dijo la tía de la fallecida, completamente desmoralizada,
sentada a la sombra cerca de los campos.
Pueblo tras pueblo, las familias cuentan cómo han ido endeudándose después de
que les convencieran de comprar semillas GM en vez de las tradicionales semillas
del algodón.
La diferencia de precio es escandalosa: 10 libras (*) por 100 gramos de
semillas GM, comparado con lo que cuestan las semillas tradicionales: menos de
10 libras por mil veces la cantidad anterior.
Pero los vendedores de los GM y los funcionarios del gobierno habían
prometido a los campesinos que esas eran unas “semillas mágicas”, que producían
mejores cosechas libres de parásitos e insectos.
En efecto, en aras a promocionar el consumo de semillas GM, en muchos bancos
de semillas del gobierno se prohibió la venta de las variedades tradicionales.
El gobierno indio, desesperado por escapar a la devastadora pobreza de los años
posteriores a la independencia, estuvo de acuerdo en permitir que los gigantes
de las nuevas biotecnologías, como el líder del mercado estadounidense Monsanto,
vendieran sus nuevas creaciones en semillas.
A cambio de permitir que las compañías occidentales accedieran al segundo
país más poblado del mundo, con más de 1.000 millones de personas, el Fondo
Monetario Internacional concedió préstamos a la India en las décadas de los
ochenta y los noventa, ayudando así a lanzar una revolución económica.
Pero mientras ciudades como Mumbai y Delhi han avanzado mucho, las vidas de
los campesinos han retrocedido hasta la Edad Media.
Aunque las zonas de la India en las que se han plantado semillas GM se han
duplicado en dos años -hasta alcanzar los 17 millones de acres (**)-, muchos
granjeros han pagado un precio terrible.
Lejos de ser unas “semillas mágicas”, las variedades de plantas de algodón GM
a prueba de pestes han sido desvastadas por unos gusanos que atacan los capullos
y que son un parásito voraz.
Tampoco les dijeron a los campesinos que esas semillas requerirían el doble
de riego. Y esto ha acabado siendo una cuestión de vida o muerte.
A causa de la sequía sufrida durante los últimos dos años, muchos cultivos GM
se atrofiaron y murieron, dejando a los campesinos con deudas agobiantes y sin
medio alguno para poder pagarlas.
Al haber pedido préstamos a los prestamistas tradicionales a intereses
abusivos, cientos de miles de pequeños granjeros se han tenido que enfrentar a
la pérdida de su tierra al fracasar las caras semillas, mientras que los que aún
podían luchar se enfrentaron a una nueva crisis.
En el pasado, cuando las cosechas fracasaban, los campesinos podían aún
salvar las semillas y volverlas a plantar al año siguiente. Pero con las
semillas GM no se puede hacer eso. Y se debe a que las semillas GM contienen la
denominada “tecnología de exterminio”, lo que significa que han sido
genéticamente modificadas para que las cosechas resultantes no produzcan
semillas aprovechables.
Como consecuencia, los campesinos tienen que comprar nuevas semillas cada año
a los mismos prohibitivos precios. Para muchos, eso significa la diferencia
entre la vida y la muerte.
Tomemos el caso de Suresh Bhalasa, otro campesino que fue incinerado esta
semana, dejando viuda y dos niños. Al caer la noche, una vez terminada la
ceremonia y mientras los vecinos salían fuera de sus casas a la par que las
vacas sagradas regresaban de los campos, su familia no dudaba de que sus
problemas se originaron en el momento en que se les animó a comprar Algodón BT,
una planta genéticamente modificada creado por Monsanto.
“Ahora estamos arruinados”, dijo la viuda del muerto, de 38 años. “Compramos
100 gramos de semillas de Algodón BT. Nuestra cosecha fracasó dos veces. Mi
marido se deprimió mucho. Se fue al campo, se tumbó entre el algodón y tragó
insecticida”.
Los habitantes del pueblo le colocaron en un rickshaw y le llevaron al
hospital por caminos de cabras. “Gritaba que había tomado el insecticida y que
lo sentía mucho”, dijo, mientras su familia y vecinos acudían a su hogar a
expresarle su solidaridad. “Cuando llegaron al hospital ya estaba muerto”.
Al preguntarles si el muerto era un “borracho” o sufría otros “problemas
sociales”, como alegan los funcionarios partidarios de los GM, el tranquilo y
digno grupo de campesinos estalló colérico: “¡No! ¡No!”, exclamó uno de los
hermanos del muerto. “Suresh era un buen hombre. Enviaba a sus niños al colegio
y pagaba sus impuestos”.
“Se vio asfixiado por esas semillas mágicas. Nos venden las semillas diciendo
que no necesitarán pesticidas caros pero sí los necesitan. Tenemos que comprar
las mismas semillas a la misma compañía cada año. Nos están matando. Por favor,
cuéntele al mundo lo que está pasando aquí”.
Monsanto ha admitido que la deuda desorbitada había sido un “factor en la
tragedia”. Pero, al señalar que la producción se había duplicado en los últimos
siete años, un portavoz añadió que había otras razones para la reciente crisis,
tales como las “lluvias intempestivas” o la sequía, añadiendo que los suicidas
siempre habían formado parte de la vida rural india.
Los funcionarios declaran también que las encuestas dicen que la mayoría de
los campesinos indios quieren semillas GM, sin duda animados por las agresivas
campañas de marketing.
Durante el curso de mis averiguaciones en Maharastra, me encontré con tres
investigadores “independientes” rastreando los pueblos para informarse sobre los
suicidios. Insistieron en que las semillas GM eran sólo un 50% más caras, para
terminar admitiendo que la diferencia era de 1.000%.
(Un portavoz de Monsanto insistió después en que sus semillas “sólo cuestan
el doble” del precio de las semillas “oficiales” que no son GM, pero admitió que
la diferencia podía ser inmensa si las tradicionales y más baratas semillas eran
vendidas por comerciantes “sin escrúpulos”, que a menudo también venden “falsas”
semillas GM, propensas a las plagas).
Ante los rumores de inminentes indemnizaciones del gobierno para detener la
oleada de muertes, muchos campesinos dijeron que estaban desesperados por
conseguir cualquier ayuda. “Queremos superar nuestros problemas”, dijo uno.
“Sólo queremos que nos ayuden para que se acabe esta cadena de muertes”.
El Príncipe Charles está tan consternado por la grave situación de los
suicidios de los campesinos que está montando una entidad de beneficencia, la
Fundación Bhumi Vardaan, para ayudar a los afectados y promover los cultivos
orgánicos indios en lugar de los GM.
Los campesinos de la India están también empezando a contraatacar. Además de
tomar como rehenes a los distribuidores de semillas GM y de organizar protestas
masivas, el gobierno de uno de los estados está emprendiendo acciones legales
contra Monsanto por los costes desorbitados de las semillas GM.
Todo eso llega tarde ya para Shankara Mandaukar, quien tenía unas 80.000
rupias (alrededor de 1.000 libras) de deudas cuando se quitó la vida. “Le dije
que podríamos sobrevivir”, dijo su viuda, con sus niños junto a ella mientras la
oscuridad lo invadía todo.
Le dije que podríamos encontrar una salida. Me contestó que prefería
morir”.
Pero la deuda no murió con la muerte de su marido: a menos que pueda
encontrar una forma para devolverla, no podrá permitirse llevar a sus niños a la
escuela. Perderán sus tierras, teniendo que unirse a las hordas que mendigan por
miles a los lados de la carretera por todo este inmenso y caótico país.
Precisamente lo más cruel de todo es que son los jóvenes los que más sufren
por el “Genocidio GM”, la misma generación que se suponía iba a salir de una
vida de dureza y miseria gracias a esas “semillas mágicas”.
Aquí, en el cinturón suicida de la India, el coste del futuro genéticamente
modificado es homicidamente alto.
—
Nota de la traducción:
(*) Alrededor de 15 euros.
(**) 1 acre = 4.048,8 metros cuadrados.
Fuente: Un
mundo nuevoNota de la traducción:
(*) Alrededor de 15 euros.
(**) 1 acre = 4.048,8 metros cuadrados.

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